Joaquín Vaquero Turcios y los mil caminos del arte. [José María Martínez Arias]

Laocoonte, (1975) Fundación Juan March. Madrid

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La figura de Joaquín Vaquero Turcios (1913-2010), a semejanza con la del propio Miguel Ángel, supo interpretar con un lenguaje personal y contemporáneo  la realidad del momento mediante la  manifestación artística, ya fuera en forma de arquitectura, pintura o escultura. No es casualidad que entre otras muchas condecoraciones, fuera elegido miembro de la “Accademia Fiorentina  delle Arti”, la más antigua institución artística donde ya el propio Buonarroti fue director. 

Vaquero Turcios, ovetense de adopción y madrileño de nacimiento, era  hijo del también pintor y arquitecto Joaquín Vaquero Palacios y de de Rosa Turcios Darío, sobrina carnal del poeta nicaragüense Rubén Darío. Con esta procedencia tan directamente ligada al arte y la cultura, el joven pintor comenzó a trabajar como dibujante para la Revista Nacional de Arquitectura en 1947. Continuó su periodo de formación en Roma ya en 1950, donde paralelamente a su acceso a la facultad de arquitectura, comenzaría a explotar su faceta de pintor y dibujante en la misma ciudad que siempre inspiró a numerosos artistas desde la antigüedad.

Será en Roma donde el arquitecto adquiere el idioma del monumentalismo antiguo, que además vendrá refozado por la influencia heredada del muralismo mexicano de su origen americano. Estas unión de cualidades aportarán a su visión de la realidad y el mito de una expresividad que podría  definirse como monumentalismo épico. Será en su  pintura mural donde el dibujo y el color describen recorridos, materia y espacio; una perfecta simbiosis de pintura, arquitectura y escultura en soporte plano, manifestada con la vocación propia de la obra total.

Realizará importantes obras murales dentro del ámbito público y representativo, una de las más tempranas la iniciará con su padre en la sala de turbinas de la central de Grandas de Salime. También será importante su presencia en el Pabellón español de Nueva York en 1964, donde realizó tres murales con el lema del Descubrimiento de América como tema principal. Su recorrido por Latinoamérica dejaría piezas como las pinturas de la Capilla de San Benito en San Salvador. La importante pieza mural del Laocoonte en la Sede madrileña de la fundación Juan March o la obra  “Orfeo” (1966) inicialmente instalada en el Teatro Real de Madrid entre otras. 

Su obra escultórica es ya plural y forma parte del paisaje urbano en forma de piezas contundentes. Estas obras, en ocasiones monolíticas y de gran rotundidad matérica de acento ciclópeo, van ligadas a una sensibilidad en el tratamiento del detalle o el relieve, que nuevamente nos señalan una única vía posible entre escultura y arquitectura. Vaquero Turcios, a través de la búsqueda interdisciplinar de un lenguaje cada vez más personal, encontró la conexión entre el sentido de la épica y su propio sentido vital.

“Creo que todo artista tiene un modelo interior que persigue a lo largo de su obra y que se transparenta en ella a través de evoluciones de estilos o temas, una imagen generatriz lo suficientemente clara para reconocer sus ecos allí donde se encuentre pero también lo bastante vaga, imprecisa o inmóvil para hacernos imposible tomarla como modelo. Es una institución, una esperanza, un espejismo que se aleja cuando pretendemos alcanzarlo.” 

Enlace al documental de Joaquín Vaquero con motivo de la exposición en la Casa de Moneda. Segovia, 2014.

José María Martínez Arias, estudiante de arquitectura de la EAT.

 

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