Fiscalidad y despoblación de los centros urbanos [Tomás Marín Rubio]

El cambista y su mujer, Marinus van Reymerswale 1539. Museo del Prado.

La historia se repite, pero al revés.


Los arquitectos tendemos a confundir el urbanismo con la planificación física, una deformación profesional como otra cualquiera porque hay muchas formas de intervenir en las ciudades, aunque la mayor parte de las veces no seamos conscientes de los efectos espaciales de nuestras leyes y costumbres. A modo de ejemplo voy a sacar del baúl de nuestros tatarabuelos una joyita extraída de la Novísima Recopilación de las Leyes de España que nos va a hacer reflexionar sobre un asunto muy de actualidad  que afecta directamente a los toledanos: el abandono de nuestras viejas ciudades y, sobre todo, la actitud de los  gobernantes frente a este tipo de problemas.

Se trata de una ley  promulgada en Madrid en 1.433 por Juan II, padre de Isabel la Católica, que empieza a ser sugerente desde el mismo título:“Prohibición de morar en arrabales de los pueblos los vecinos que tuvieren casa dentro de sus muros, y de poblar fuera de éstos los que vinieren de nuevo”, y comienza de esta guisa:

“Mandamos, que todos aquellos que tienen o tuvieren casas de sus moradas dentro de los muros de las ciudades, villas y lugares de nuestros Reinos no sean osados de salir a morar a los arrabales fuera de dichos muros; y ansímismo quedando suelo dentro de la ciudad o villa para poder poblar, el que viniere ende a morar de fuera parte, que no more en el arrabal. Y porque se debe procurar principalmente de poblar las ciudades y villas cercadas, y no se dar lugar que se pueblen los arrabales llanos y descercados, y se despueble lo cercado y fuerte; mandamos, que los mercaderes y joyeros, y otras personas que viven dentro de los lugares cercados, no saquen a vender sus paños y mercaderías a los arrabales …”

Juan II, Blanca de vellón.

Como vemos, la tendencia de algunos vecinos y comerciantes a abandonar los centros de las ciudades no es nueva, en eso los súbditos de entonces se parecen mucho a los ciudadanos de ahora, pero a primera vista parece que la actitud de los antiguos reyes sí era muy diferente a la de nuestros actuales gobernantes, y es posible incluso que algún nostálgico haya llegado a pensar al leer estas líneas que la solución a la despoblación de los centros históricos podría resolverse con medidas tan simples y expeditivas como las de Juan II. Otros, como el conocido economista M. Ángel Fernández Ordoñez, uno de los padres de la liberalización del suelo al que agradezco la cita, piensan que esta Ley es una muestra más de la tradicional idiosincrasia antiliberal de los españoles aunque, como él mismo reconoce, en aquella época este tipo de medidas eran habituales en la mayor parte de los países europeos y varios siglos antes de que naciera Juan II muchos fueros o códices medievales, tanto en lo que ahora es España como en otras latitudes, incluían medidas tendentes a evitar el abandono de las casas en villas y ciudades.

Podemos dejar volar la imaginación por un momento y pensar en lo diferente que habría sido la historia reciente de Toledo si hubiéramos seguido aplicando las leyes del siglo XV, o si se hubiera adelantado unos cuantos siglos la liberalización del suelo,  pero ¿de verdad creemos que Juan II promulgaba estas leyes porque estaba preocupado por el bienestar de los vecinos, la forma de las ciudades o la liberalización del suelo? Seguro que no. Lo que preocupaba al rey castellano, como a todos los reyes,  era la supervivencia del “estado” y la suya propia, es decir, la defensa, el control de sus súbditos, la paz interna y sobre todo los impuestos. Medidas y actitudes como las de Juan II tienen mucho que ver con la configuración de nuestras ciudades históricas, aunque por aquel entonces el urbanismo no entrara en la agenda de los gobernantes.

Lo que me interesa destacar ahora es que aunque las murallas y las puertas de las ciudades fueran levantadas por el miedo a nuestros enemigos, varios siglos más tarde, cuando dejaron de ser necesarias para defendernos, siguieron existiendo porque habían acabado convirtiéndose en un instrumento fiscal del que no era fácil prescindir. En Toledo, por ejemplo, los fielatos siguieron existiendo hasta el siglo XX y los sistemas fiscales basados en una idea de ciudad cerrada mantenidos desde la edad media hasta el siglo XX tienen mucho que ver con la forma compacta de nuestras ciudades históricas e incluso con la idea que todos tenemos de la propia ciudad.

Lo paradójico es que una vez liberados del miedo ancestral, derribadas las murallas y eliminadas las barreras fiscales medievales, estamos repitiendo la historia justo al revés. El miedo que nos mantenía juntos ha sido sustituido por una falsa ilusión de progreso que nos ha llevado a abandonar la ciudad tradicional en busca de paraísos cada vez más alejados y dispersos, las murallas han sido sustituidas por las autopistas, y ahora que empezamos a dudar de la existencia de estos paraísos motorizados y nos atrevemos a pensar en la vuelta a los centros, a recuperar las plazas y las calles como lugares de encuentro, a derribar en definitiva las nuevas murallas, comprobamos con estupor que la expansión urbana que hemos puesto en marcha durante los últimos 50 años ha acabado alterando la estructura fiscal de los ayuntamientos hasta el punto de que está maquinaria infernal tiene que seguir funcionando para que las finanzas públicas no quiebren. Exactamente lo mismo que pasó con las antiguas murallas, aunque ahora las consecuencias urbanísticas sean justo las contrarias. Antes el interés supremo nos obligaba a vivir hacinados y ahora a pasar la vida dentro de un coche “libres” como pájaros aunque se nos acabe el dinero para gasolina y no tengamos tiempo para hablar con nuestros vecinos.

Morar o vender en los arrabales ponía en peligro el sistema fiscal de la época. Hoy, curiosamente, lo que pone en peligro el “sistema fiscal” de las ciudades españolas, y de Toledo en particular, no es el abandono de los centros sino que se dejen de construir viviendas y centros comerciales en los “arrabales”. Pensemos, por ejemplo, en el monopolio de la clasificación del suelo (todos los monopolios que dependen del poder se acaban vendiendo), los convenios urbanísticos, o el IBI calculado a partir de unas posibilidades de edificación futura que define la misma entidad que cobra el impuesto …  Las promesas de expansión urbana han acabado convirtiéndose en un ingrediente fundamental del sistema fiscal de muchas ciudades españolas hasta el punto de que, con demasiada frecuencia, sus decisiones urbanísticas solo pueden explicarse desde la óptica financiera municipal. Antes se tomaban decisiones fiscales que acaban influyendo en la forma de la ciudad, ahora se toman decisiones urbanísticas y se fuerza la forma de la ciudad para que las cuentas cuadren. La historia se repite, pero al revés.

Sepulcro de Juan II de Castilla e Isabel de Portugal, de Gil de Siloé, realizado entre 1489 y 1493.

Pues bien, de igual manera que el poder de los reyes no fue suficiente para contener la vida de las ciudades dentro de sus muros y los concejos tuvieron que prescindir de los impuestos y arbitrios vinculados a las viejas  murallas y buscar otros ingresos, ahora toca aprender a financiarse prescindiendo de los mecanismos ligados a la expansión urbana. Cuanto antes empecemos mejor, porque en el siglo XXI todo se mueve muy deprisa. No podemos esperar varios siglos. De otra forma nunca seremos realmente libres para tomar decisiones sobre la ciudad que queremos dejar a nuestros hijos, sino más bien al contrario, estaremos condicionando su futuro por un puñado de euros que, para mayor desgracia, tendremos que gastar en un intento inútil de mantener una ciudad insostenible.

Por suerte o por desgracia, las actitudes de los gobernantes siguen patrones muy similares en todas las épocas y todos los lugares, mucho más que las de los vecinos o comerciantes de los centros de las ciudades. Las circunstancias cambian, pero en las circunstancias del siglo XXI los  gobernantes democráticos tienden a salvar sus finanzas y su propio el pellejo exactamente igual que en época de Juan II. La diferencia fundamental es que ahora tienen que convencernos de que lo que es bueno para sus finanzas es bueno para todos porque al final tenemos que votar, y esa coincidencia de intereses cada vez se está poniendo más difícil de defender, al menos en el caso del urbanismo. No nos dejemos engañar.

Tomás Marín Rubio, arquitecto.

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4 Comments

  • Jesús Fuentes

    Excelente artículo. La relación del pasado con el presente es un magnífico instrumento para construir el futuro con los menos errores posibles. Enhorabuena por descubrir que el mundo no comienza con los gobernantes fe una época, sino que es un río que fluye permane tendente.

  • José Antonio Marín Jimenez-Ridruejo

    Un poco fuerte se me hace considerar a nuestro conocido MAFO como adalid de la liberalización del suelo (o de cualquier otra cosa o actividad)
    Mucho mas me interesa resaltar el hecho de que la citada pragmática real de Juan II es 59 años anterior a la toma de Granada, que puede tomarse como definitiva (?) pacificación de España, o al menos definitivo (?) final de la guerra contra el Islam. (Y dejo el último interrogante para la pacificación de las Alpujarras)
    Las claras menciones a “procurar principalmente de poblar las ciudades y villas cercadas” añadiendo a continuación que no “se despueble lo cercado y fuerte” creo que tratan de garantizar la seguridad ciudadana, que diríamos hoy.
    Tratar de acomodar la citada pragmática con aquellas grises garitas de madera de los “consumeros” que recuerdo de mi infancia me parece un poco aventurado.
    546 años después de la ya tan citada pragmática, y centrándome en Toledo, no creo que se deba dificultar tanto como se dificulta y a cambio se debería fomentar lo que no se fomenta, o sea, evitar el despoblamiento habitacional y comercial intramuros.
    Siempre me ha llamado la atención que en pueblos de los alrededores de Madrid abundan anticuarios y comerciantes de almoneda. ¿Cuantos hay en Toledo? sobran dedos en una mano.
    Hay cantidad de madrileños con una cierta capacidad económica que disfrutan de chalets en la sierra, ¿se ha hecho algo por dar a conocer el prestigio sociocultural de tener una casa (no un piso) en el casco histórico de Toledo?
    No, lo que se hace es poner dificultades, y no solo brutales impuestos, a los potenciales compradores de edificios para esas actividades o segundas residencias.
    Ya sabemos lo duro que es bajar los impuestos a los ricos, pero más duro es dejar que nuestro casco histórico se convierta en un muestrario de infraviviendas, edificios en ruinas y calles desiertas a partir de las 7 de la tarde.

    • Miguel Ángel Fernández Ordóñez, entonces Presidente del Tribunal de Defensa de la Competencia, lideró las posturas liberalizadoras durante el último gran debate sobre urbanismo que hemos tenido en España, que acabo con el informe elaborado a finales de 1994 por la Comisión de Expertos constituida un año antes en seno del Ministerio de Obras Públicas. Se escribió mucho en su momento sobre este debate. Si te interesa, te recomiendo los nº 98, 99, 102 y sobre todo el 103 de la revista Ciudad y Territorio, dedicado íntegramente al este tema.
      Por supuesto que durante la Edad Media las murallas tenían una función defensiva, pero las murallas de nuestras ciudades no fueran demolidas después de lo que tú llamas “pacificación de España”, sino durante la segunda mitad del siglo XIX y siglo XX (Barcelona 1854, Madrid 1868, Pamplona 1915). También sabemos que durante el Antiguo Régimen, no solo las ciudades sino la propia Corona recaudada una parte sustancial de sus ingresos a través de un sistema de impuestos indirectos sobre la venta y el consumo de un amplia gama de productos, que no se gravaban en origen, sino en las ciudades, y para eso se necesitaban puertas y muros. Si te interesa el tema te recomiendo José Ignacio Andrés Ucendo “Fiscalidad real y fiscalidad municipal en Castilla durante el siglo XVII: el caso de Madrid”, en Investigaciones de Historia Económica nº 5, 2006. A partir de ahí, te dejo que intentes relacionar los fielatos con las murallas y con la forma de las ciudades.
      En cuanto al tema central de mi entrada, la relación entre la fiscalidad y la despoblación de los centros urbanos, pido perdón por no haber sido suficientemente claro en mi exposición. Lo que intento decir es que los sistemas fiscales municipales actuales, que ya no se basan en las murallas sino más bien en la expansión urbana, podrían estar obligando a los ayuntamientos a promover esta expansión más allá de lo razonable, que esta podría ser una de las causas del deterioro de los centros, y que es necesario y urgente revisar el sistema fiscal si queremos detener este deterioro. Naturalmente, soy un acérrimo defensor de los centros urbanos y del Casco Histórico de Toledo en particular, aunque solo sea porque vivo aquí y no tengo ninguna intención de irme a ninguna parte, pero aunque esto me cueste algún tirón de orejas de mis vecinos, no creo que nuestro mayor problema sean los impuestos que pagamos (en realidad estamos subvencionados), ni que la solución a la despoblación sean más subvenciones. Es difícil mantener al mismo tiempo que los ayuntamientos dejen de financiarse de la expansión urbana y que aumenten la subvención fiscal a los centros.

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