El Renacimiento de Harlem [Jesús Fuentes Lázaro]

Si se tratara de una película poco exigente con los diálogos o  de política como se suele ver en la actualidad, es decir, simplista y maniquea, empezaría afirmando que el mundo se divide en los que creen en la Cultura como instrumento de liberación, superación y redención y quienes consideran la Cultura algo  superfluo o, como máximo, un recurso para adornar discursos. Al primer grupo se adscribiría un conjunto heterogéneo de hombres y mujeres  que organizaron el llamado “Renacimiento de Harlem”.

En los años veinte y hasta los treinta del siglo XX  se manifestaron todas las tensiones tradicionales de la sociedad norteamericana que procedían de los siglos de la conquista y la guerra civil. En los veinte fue la violencia racial, en los treinta, la violencia laboral y sindical. En ese contexto de  diferentes violencias, un grupo integrado por afroamericanos de segunda y siguientes generaciones intentaron  hacer realidad la  idea de James Weldon Johnson que en la antología “El libro de la poesía negra americana” había escrito: “Nada hará tanto por cambiar la actitud y elevar la condición de los negros como una demostración de paridad intelectual a través de su producción literaria y artística”. Sobre la base de la creencia en el poder de la Inteligencia y la Cultura nacía un “Movimiento” en parte político, en parte artístico y  un fenómeno social. Los afroamericanos reclamaban su participación  de poder  en una sociedad que les esclavizaba, les despreciaba y les rechazaba.

El “Movimiento”  arranca hacia 1919, cuando vuelven los soldados de la Gran Guerra Europea. Finalizará en torno a 1934 con los desastres de la Gran Depresión y con la muerte de sus principales valedores. Uno de los promotores más cualificado del “Movimiento”, Alain Leroy Locke, lo había enunciado claramente. Ni la militancia racial ni las recetas socialistas conseguirían mejorar las condiciones de vida de los afroamericanos. “La esperanza más inmediata estriba en la reconsideración del Negro, tanto por parte de los blancos como de los negros, en función de sus creaciones artísticas y contribuciones culturales pasada y futuras”. La teoría de los “Talented Tenth”, algo así como el diez por ciento de talento, fue compartida por la “Generación Perdida” blanca (Hemingway, Scott Fitzgerald, Steinbeck, Dos Passos y otros), aunque cada uno tuviera objetivos distintos y emprendieran direcciones diversas. Ambos compartieron la premisa de que el poder transformador de las sociedades se basaría en el arte y la literatura. Un numeroso grupo de negros y pocos blancos formaron en esos años el  desigual ejército que creía en la Cultura como elemento de salvación individual y colectiva.

Para aproximarse esquemáticamente a este “Renacimiento” hay que olvidarse de Hollywood,  gran falsificador de la realidad y de la Historia. Hollywood es especialista en exhibicionismo y los exhibicionistas se terminan apoderando de todo, incluidos los “movimientos” más serios. También lo harían del  “Renacimiento Negro” Y, por supuesto, es imprescindible saber que el “Movimiento” fue mucho más que el jazz, el “Cotton Club”, controlado y dirigido desde Sing Sing por el gánster Owney Malden, el “Savoy Bellroom”, cuyo propietario era Al Capone o posteriormente el Alhambra. En realidad estos centros y otros múltiples garitos del ocio y la diversión estaban destinados a los blancos, deseosos de relacionarse con mujeres altas, bronceadas y espectaculares. Jimmy Durante, el actor y humorista italoamericano, lo expresó con precisión: “Te vuelves casi un primitivo allí, con las bandas gimiendo blues sin reparar en nada ni en nadie, chicas esbeltas de piel oscura y muslos al descubierto sacudiendo sus torsos, y los artistas de la melodía negra pulsando a fondo las notas menores”. El “Renacimiento de Harlem” para los blancos no fue otra cosa que el recurso a  la exaltación de las fantasías no permitidas a una sociedad que vivía en una ola de conservadurismo tan asfixiante como cínica.

Harlem era a finales del siglo XIX un barrio, destinado a blancos de clase media en un proyecto de inmensa burbuja inmobiliaria. Los especuladores construyeron sin freno y parte de aquellas viviendas quedaron vacías. Un promotor inmobiliario negro,  Philip Payton, se dedicó a comprar las viviendas desocupadas para venderlas o alquilarlas él mismo. Su objetivo: convertirlas en apartamentos en los que alojar, primero a la ingente mano de obra negra que huían desde los Estados del Sur, hacia las fábricas de las cercanías de Nueva York. Más tarde se ampliaría a  inmigrantes judíos o italianos y todos cuantos llegaban  en oleadas desde Europa, Latinoamérica o Asia. En los Estados del Sur se mantenía el esclavismo y un racismo inamovible. En Nueva York no eran esclavistas, pero sí racistas. De ahí que Harlem se fuera perfilando como un gueto en el que las calles  pobladas por negros o inmigrantes se constituían en territorios desestructurados.

Al llegar los años veinte, y coincidiendo con una de las frecuentes oleadas conservadoras, integristas y xenófobas que periódicamente agitan a los Estados Unidos- Trump formaría parte de esa herencia – , las generaciones siguientes a los primeros emigrantes, que habían superado la esclavitud, creyeron que era posible encontrar y afirmar su identidad cultural y su espacio propio en igualdad de condiciones con los blancos. Los jóvenes de estas generaciones, poetas, cantantes, músicos, novelistas, pintores buscaron su redención en la Cultura. Publicaron novelas, editaron poesías, compusieron música, escribieron ensayos. Hablaban de ellos para demostrar que podían ser iguales a los blancos. Querían ser parte de la sociedad. Tampoco querían ni conformarse ni resignarse a las burocracias de las sociedades negras de defensa de los derechos civiles. Aspiraban a formar parte de las gentes que iban hacia adelante. Willa Cather había escrito que el mundo en 1922 se había partido en dos. No en blancos y negros, sino los que iban “hacia adelante” y los que iban “hacia atrás”. El mismo fenómeno se estaba produciendo en la “Generación Pérdida”. John dos Passos y Steinbeck, avanzaban. Miller, Scott Fitgerald, Hemingway, Tom Wolfe y otros constituían el grupo de los rezagados. Es más, los últimos huyeron de los Estados Unidos a París para vivir en el “verano de las mil fiestas”.

La Gran Depresión y sus consecuencias  en la década de los treinta acelerarían el proceso de descomposición del llamado “Renacimiento de Harlem”. El propio Locke  escribió: “Algún día tendré que escribir para mi propia satisfacción – y absolución – la historia interna del “Renacimiento Negro” y cómo se malogró desde dentro” (“Cuando Harlem estaba de moda” de David Levering Lewis). El “Movimiento” se fue agotando tal vez por elitismo, por asimilación de los negros  a las costumbres de los blancos o porque nuevas generaciones aparecían con otros puntos de vista y la necesidad  artística de matar a los predecesores. Lo que tanto había costado levantar había entrado en colapso y los propios artífices del “Movimiento” fueron conscientes.

El fenómeno de Harlem había sido un espejismo, mientras que  un sufrimiento terrible alcanzaba a todos los habitantes del barrio. La mitad de las familias estaban sin trabajo y sin expectativas. La segregación seguía siendo una realidad diaria y las reacciones xenófobas continuaban como siempre. La Inteligencia y la Cultura por esta vez no habían conseguido sus objetivos. En 1931 en  un Informe presentado  al  presidente Hoover se mantenía que los inmigrantes  podrían superar la situación en que se encontraban a partir de las siguientes generaciones. Ese indicador de ascenso social no se contemplaba para los negros. En 1935 saltaron los disturbios sociales en el distrito de Lenox. Y este mismo año de 2017 hemos visto una marcha de los supremacistas blancos, defendiendo la preservación de los valores racistas que defendieron los ejércitos de la Confederación. El líder del Ku Klux Klan, David Duke, declaró que iban a cumplir las promesas de Donald Trump. El “Renacimiento de Harlem”, ya solo es tema de la Historia.

Jesús Fuentes Lázaro.

El artículo está ilustrado con obras de Archibald Motley (Nueva Orleans 1891-1981): “Modernista de la era del Jazz“.

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