El “mercado” fuera del Mercado. [Quique J. Silva]

Sucedió en Toledo. 4 D18 Archivo VASIL


Con esto de la moda de las fotos costumbristas, los más jóvenes -o los menos mayores deberíamos decir- tienen la oportunidad de ver una ciudad que ya no existe. Merced al paso del tiempo muchos de los usos y costumbres han sido modificados; casi siempre para bien.

Hoy, tenemos que situarnos en el  casco histórico, en la plaza Mayor, junto al Teatro de Rojas. No, no es el “martes”. Hasta bien entrados los años setenta, el Mercado o “La Plaza” como la hemos conocido toda la vida, era un hervidero de actividad mercantil. El espacio interior “los puestos” eran el reclamo de un precio y una calidad adaptados a los toledanos más próximos a la zona. Por fuera, bordeando la fachada y ocupando practicamente toda la plaza, tenderetes de todo tipo ofrecian su mercancía al viandante.

A primera vista se podía pensar que era ropa tendida; pero no, se trata de la forma más clara y sencilla de “mostrar el género”. De una fachada a otra, una cuerda y unas pinzas ese era todo el estilismo del escaparate. Tal debía ser la aglomeración de vehículos y peatones que el Ayuntamiento ya destinaba a dos de sus guardias para organizar el tráfico.

Hoy proponemos a nuestros seguidores un ejercicio de observación. Por favor, haced un recorrido visual, muy despacio. Disfrutad de todos y cada uno de los artículos que cuelgan de las cuerdas: rebecas, faldas, pantalones, chaquetas, fajas, sujetadores….. sobre  canastos de madera huevos frescos, e intentando abrirse camino entre los perros, uno de los carniceros titulares de los puestos en el mercado.

Hoy día, en uno de los muchos “Foros de Marketing y Análisis de Necesidades” a esta estampa la denominarían “sinergias”. Ya nuestros antepasados entendían a su manera aquello de “si vienen a comprar los artículos de primera necesidad en los puestos del mercado, pongámonos en el camino…. que algo caerá”.

Y así era hasta que a mediados de los setenta se prohibió en este lugar la denominada “venta ambulante”.

De todo aquel bullicio, de todo aquel conglomerado de cuerdas, pinzas y canastas, la única que se mantuvo algunos años más fue “La Chencha”. Todo el día sentada en las escalinatas del teatro, siempre de riguroso luto, con pañuelo a la cabeza. En su mano izquierda su inseparable muleta;  en su mano derecha una sábana de Lotería que trataba de vender al grito de “La suerte, tengo la suerte”. 

Esta era la España real y a partir de aqui, vinieron las películas. Ya se sabe, la realidad supera siempre la ficción.

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Quique J. Silva

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