El juego infinito. El segundo bloque de la Avenida de la Reconquista (y 3) [Luis Antolín Jimeno]

Recreación de memoria del “ahí atrás”. Actualmente calles Talavera y Diputación. @Luis Antolín

El espacio de juego debía ser un derecho fundamental del ser humano. Cuando la especulación, la ignorancia de los políticos, si no la corrupción, hurtan a los ciudadanos los lugares en los que otrora podían jugar, les arrebatan un trozo de su humanidad, una parte del ser libre, razonable y crítico que te permite resolver los problemas de convivencia, hablando y llegando a acuerdos. En el entorno del segundo bloque de la Avenida de la Reconquista, con sus patios y descampados, jugar no era solo un pasatiempo, era un arcano, un conocimiento oculto, solo inteligible para quienes juegan sin querer sacar beneficio de ello.

El teatro, la cultura y la imaginación

Me encantaba jugar a todo lo que fueran representaciones. “Una, dos y tres, juego mudo es” y, con la preparación que habíamos hecho a escondidas en el portal de la letra C, salíamos al teatrillo, el espacio que delimitaba las escaleras-gradas de las terrazas y representábamos, con aplicación profesional, los oficios o las historias que los espectadores debían adivinar. Otros juegos teatrales eran de estatuas e imitaciones de las cosas importantes que formaban parte de nuestro mundo infantil, como las maravillas que veíamos en el circo que, por la feria de agosto, llenaba nuestra cabeza de imágenes mágicas y hechos insólitos. Como ver matar a un burro de un mazazo para dar de comer a los leones.

Pantallas solo había las del cine y éstas eran de difícil acceso, primero por la censura de la Iglesia y después porque ir al cine costaba dinero. El caso es que el conocimiento necesario para un niño lo creábamos intercambiando juegos, sentimientos, cuentos y canciones. Luego estaban los tebeos, los cromos y la radio, esta última importante en información deportiva y series de humor como la de Pepe Iglesias, El Zorro (zorro, zorrito, para mayores y chiquititos…), los cuentos populares (Garbancito, La ratita presumida y otros) y Matilde, Perico y Periquín, las historias de un niño gamberro que siempre acababa azotado por su madre con la zapatilla “…No, con la zapatilla no”. El TBO, Pulgarcito y Jaimito ofrecían una visión cruda de la realidad, el hambre de Carpanta, la convivencia de la 13 Rue del Percebe, los estereotipos burlones de la Familia Cebolleta, el fracaso de las solteras Hermanas Gilda, el maltratado y obeso Don Pío, los tópicos sobre los gitanos vagos.

Al patio, al juego, lo único que llegaba era lo que podíamos compartir y lo que creábamos nosotros, los niños y las niñas, y las interferencias de los mayores sólo aportaban prejuicios que no hacían otra cosa que poner dificultades. Los conocimientos de la escuela según se iban incorporando a nuestra vida generaban juegos nuevos o versiones de los conocidos. Unas palabras de idiomas extranjeros, unos conceptos matemáticos, el nombre de las plantas, la geografía o el firmamento explicados en la escuela nos permitían tumbarnos con más placer, si cabe, durante las noches de verano en los bancos del patio y mirar el cielo, que ya sabíamos que era infinito, regocijarnos al ver una estrella fugaz, que ya sabíamos lo que era, o por el paso del Spuntnik que daban vueltas a la tierra y te mareaba de magia marciana (los marcianos eran verdes y con trompetillas en las orejas).

El que se cabrea tira la garrota y cuando va a por ella se la encuentra rota

Casi todo lo que hacíamos tenía su reglamento y sus comités de disciplina o interpretación de la norma. Por ejemplo, cuando se jugaba a los canales del patio, no se podía deshacer el camino recorrido, pero ¿qué pasa si saltas a un alcor, giras alrededor del árbol, vuelves a la acera y sigues en dirección contraria? Eso vale. Esto necesita una explicación. Las aceras y bordillos del patio pasaban a llamarse canales cuando jugábamos a perseguirnos, limitándonos, por reglamento, a su trazado. Había dos sistemas, los canales del patio y los de la piscina.

Cuando jugábamos al rescate, para rescatar a alguien, el jugador libre tenía que tocar en la mano del rescatado, mientras éste mantenía la otra en contacto con un árbol, que era la cárcel o el rinchi. Pero si hay varios pillados ¿se puede hacer una cadena, de tal manera que sólo uno tiene contacto con el árbol y así ponérselo más fácil al rescatador? Vale. Lo que no vale es que, al rescatar a los pillados en el bote-botero, el rescatador de más de una patada al bote. Aunque cada uno de los rescatados también pueden dar una patada al bote después de haber sido salvados.

El “ahí atrás”. Color. @Luis Antolín

El conserje, los rivales, los vecinos, la noche o la oscuridad, los lugares prohibidos, el esfuerzo, todo valía para la ración de adrenalina que generaba el vértigo del juego. Pero cuando el peligro no venía de fuera, nosotros mismos nos poníamos normas que hacían que no se pudiese afrontar un juego de manera banal. Si te retirabas de un juego a la mitad, antes de que la mayoría lo hiciese, ante la sospecha de que no estabas dispuesto a asumir una derrota o el castigo reglamentario que suponía perder, se te penalizaba con “la despe” que era una somanta de palos de todos al tiempo que con frecuencia te hacía llorar, y encima tenías que soportar la burla. Si te escapabas, te la guardaban para cuando al día siguiente quisieras volver a jugar. Una modalidad de “despe” era “una frotadita”, que era la misma somanta solo que al ritmo de un anuncio famoso en la época “lo que necesita, es una frotadita, con Vick Vaporub: Se frota y basta” Cuando se decía esto último venían los palos más fuertes y más rápido. A veces era tan dura “la despe” y se le temía tanto, que se convenía no hacer uso de ella por retirada justificada, es decir, si te llamaba tu madre a merendar o para hacer un recado a los ultramarinos de Marina.

La crueldad era parte del juego, y en muchos de ellos se pagaba con golpes: El tin de los pelotazos y su variante pies quietos, la taba, con rey, verdugo y complejas estrategias morales y de ejercicio del poder, policías y ladrones (¡que me roban los calzones!), que acababa a cintarazos, a la una anda la mula y a las dos le da la coz… Y todas las variantes posibles de tirarse cosas con las que hacer daño o fastidiar: canutos, tirachinas, pistolas de pinzas de la ropa, pistolas de agua, arcos. Otras veces se castigaba con sarcasmo, que a veces dolía más que los golpes. Bastaba un rasgo de diferencia, de pobreza o mocos, muy frecuentes en la época, para que te señalaran con una cancioncilla sutil:

Ñorda, mala cagá
que te pican los mosquitos
dile a tu papá que te compre un sombrerito.
Ya me lo ha comprao y me viene chiquitito…

No salía gratis bajar al patio.

La aventura, el ahí atrás y las gamberradas

Las aventuras no tenían reglas. Casi todas se desarrollaban ahí atrás, que era parte de la cañada de Extremadura, y consistían por ejemplo en hacer cabañas de piedras y palos, introducirse en el bosque de cardos abriéndose camino a fuerza de tumbarlos con un palo, deslizarse por el terraplén de arcilla arrastraculos, construir presas y regatos que canalizaran el agua de lluvia o los excedentes del pilón, correr delante de los toros bravos que recorrían la cañada, aunque eso no se hacía adrede. Pero la aventura por excelencia eran las dreas. Al grito de ¡drea, drea, drea, chirimbambú! intercambiábamos pedradas con cualquiera que invadiera nuestro territorio o al que se supusiera algún agravio colectivo o individual de nuestra identidad de bloque segundo. Durante meses o años mantuvimos una drea ritual con los chicos del barrio de Corea cuando cruzaban a la vuelta de la escuela. Hubo intervenciones de tirachinas, emboscadas, apoyo de mayorzotes en uno y otro bando. E incluso la amenaza de una escopeta de perdigones que marcó el hasta aquí hemos llegado y la intervención de un grupo de padres que fue a la escuela de la Vega Baja. Se firmó la paz, que funcionó lealmente, para alivio de todas las partes. Aunque las dreas no eran sólo con los de Corea, con frecuencia la pelea a pedradas era con los vecinos del quinto o el tercer bloque y, cuando llevábamos mucho tiempo sin descalabrarnos, organizábamos entre nosotros una pelea ritual en la que los proyectiles eran bolas de arcilla compactada a mano, a veces con sorpresa en forma de piedra camuflada.

El ahí atrás era el lugar de los juegos asilvestrados. Por allí circulaban ovejas, mulas y burros, piaras de cerdos, bueyes, caballos y toros bravos. Para ellos había un abrevadero, el pilón. En cuanto a la flora, después de la fila de acacias que delimitaba la calle Talavera, y que nos proveían de pan y quesito en primavera, había un generoso bosque de cardos, una mancha de juncos cerca del pilón, otras hierbas y unos tepes irregulares de césped espontáneo muy buenos para dar volteretas o luchar. En cuanto a fauna menor, había lagartijas, escorpiones, hormigas de distintos tamaños, escarabajos, mariposas, gorriones y a veces jilgueros.

Otra forma de aventura era la gamberrada. Una gamberrada podía ser jugar a la pelota en el patio o correr por las escaleras gritando y tocando los timbres de las puertas. La represión de las gamberradas corría a cargo del conserje, que contaba con un cuarto oscuro realmente tétrico, o por cualquier vecino que se sintiera agraviado por las barbaridades que se nos ocurrieran y te pillara. Entonces te ganabas un coscorrón, que comprendías que lo tenías merecido.

Rastros de la guerra civil y conciencia social

El consumo lo representaba El Rojo y la señora María. Su puesto de chucherías era una tabla compartimentada, apoyada sobre dos caballetes que trasladaban a hombros, junto al hatillo de golosinas, desde la puerta del Cambrón hasta la puerta del Parque Escolar, donde lo instalaban. Es decir, en un lugar al que los niños no podíamos llegar si no era saltándonos la más razonable de las prohibiciones: abandonar el patio por los soportales y cruzar la carretera.

El “ahí atrás”. Carboncillo. @Luis Antolín

En el puesto había pipas a granel servidas en cucuruchos de papel de periódico, de cinco y diez céntimos de peseta. Sacis, caramelos de menta, a diez céntimos, barritas de regaliz a diez céntimos. Ocasionalmente pipas de calabaza, leche de burra, cigarros de anís, y otras cosas que no recuerdo haber consumido. Y también tenían pistones que rascados contra el granito chispeaban durante unos segundos mientras los agitábamos en el aire o se los acercábamos a las niñas para asustarlas. Tenían otra utilidad, chuparlos y restregártelos por la cara para que el trazo de fósforo reluciera en la oscuridad. Puro veneno.

El Rojo no era de color rojo ni tenía el pelo rojo debajo de la boina, como suponíamos los niños. Era un perdedor de la guerra civil. Por eso tenía que instalar su negocio miserable dónde no llegáramos los niños y por donde pasara poca gente. No había más puestos ni hacía la competencia a nadie, pero cuando intentaba instalarse en las aceras del bloque, que eran lugares de paso, siempre había alguien que le recordaba que su sitio era en el otro lado y no le quedaba más remedio que agachar la cabeza y volverse a la puerta del parque. Recuerdo el día que, bajo una tormenta de verano, se cruzaron El Rojo y la señora María, con el puesto a cuestas, al soportal del bloque, y un comisario, excombatiente, defensor del Alcázar, le obligó a volver a la intemperie en medio del chaparrón voceando sus razones “que sabemos quién eres” “y “da gracias”. Supongo que en alusión a que les podía fusilar si le daba la gana. Aunque cuando el héroe fue a sacar pecho se encontró con una señora del bloque primero que le afeó su falta de caridad, y aquel tipo gordoncho se hizo chiquitito y la gente que se resguardaba en el soportal dio la razón a la mujer, aunque en silencio. Ya debíamos ser más mayorcitos cuando nos dimos cuenta del carácter tranquilo de aquel hombre y dulce de su mujer, y como se querían en su tristeza infinita. Un día, un chico algo más mayorcito que nosotros, al ver aparecer junto al Wamba que remataba la avenida de la Reconquista, aquellas figuras menudas cargadas como mulos, se fue a ellos y cargó los bultos de la señora María hasta la puerta del Parque Escolar. Durante unos días fue deporte acudir en su ayuda al verlos llegar, ignorantes de la rebeldía que eso suponía.

Un día vino solo El Rojo, desapareció María, luego desapareció él y siempre los recuerdo con amargura, como si tuviera una deuda con ellos. Esto también es vértigo. Muy vivo en mi ánimo.

Luis Antolín Jimeno

 

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