El fracaso de las utopías urbanísticas [Tomás Marín Rubio]

Ilustración para un libro de Rem Koolhaas

Por una intervención en la ciudad más humilde

La historia del urbanismo está plagada de visionarios en busca de la ciudad ideal, y por si esta tarea no fuera ya bastante complicada, muchos pretendían, además, reformar la sociedad modificando la forma de las ciudades. No cabe duda que la formulación de utopías es un ejercicio intelectual sugerente, y en este sentido tenemos mucho que agradecer a unos visionarios que, probablemente, nos han abierto ventanas que de otra forma habríamos encontrado cerradas, pero más allá de algunos logros puntuales que han quedado para siempre en el acervo instrumental de los urbanistas, nunca se ha conseguido el resultado previsto cuando sus autores han intentado llevar sus teorías a la práctica. Desgraciadamente esto no ha impedido que unas décadas más tarde la mayoría de ellas hayan vuelto a renacer de sus cenizas siendo trasplantadas con más o menos retoques a otros lugares, otros tiempos y otras circunstancias socio-económicas para volver a fracasar.

Es fácil entender que las utopías resulten atractivas para el espíritu humano. Eso lo saben muy bien los publicistas inmobiliarios,  o los que en otros tiempos se lanzaban sin pudor a las grandes exposiciones públicas que nos prometían imágenes idealizadas de nuestra propia ciudad. El atractivo redentor de las utopías que pueden ser dibujadas y construidas, y las explicaciones excesivamente simplistas del porqué de los primeros fracasos pueden explicar, a su vez, los sucesivos remakes de una misma idea más o menos genial.  Lo que no es tan sencillo es encontrar una respuesta común que pueda explicar el fracaso sistemático de teorías tan dispares como el culturalismo de Camilo Site, la ciudad jardín de Ebenezer Howard o el racionalismo de los CIAM cuando han intentado aplicarse a la ciudad en su conjunto, tanto en su versión original como en los remakes posteriores.

Quizás el error de todos ellos se cometió el mismo día que confundieron los modelos teóricos con la realidad, y se empeñaron en construir un organismo vivo a partir de una foto fija. A unos los cegó su excesiva confianza en la ciencia y a otros la capacidad transformadora de la voluntad humana, pero todos se creyeron Prometeo y acabaron pareciéndose al doctor Frankenstein.

Le Corbusier en el emplazamiento de Chandigarh, 1951.

El cambio (cada vez más rápido, por cierto) es consustancial a las sociedades humanas, y el espacio físico que las alberga tiene que adaptarse continuamente a nuevas necesidades. Por otra parte, las estructuras urbanas básicas como el callejero o el parcelario suelen ser mucho más perdurables que las necesidades y los usos del momento, de ahí que el éxito a largo plazo de cualquier propuesta urbanística esté inversamente relacionado con el nivel de detalle de su formulación,  que cualquier diseño urbano cerrado esté condenado a la obsolescencia, y que ésta sea más rápida a medida que el diseño inicial se ajusta con mayor precisión a las necesidades específicas de un momento concreto.   

La mejor ciudad no será la que responda mejor a una foto fija, sino la que sea capaz de adaptarse con mayor fluidez a las  exigencias, en buena parte desconocidas, del futuro que nos aguarda. Si pretendemos intervenir en la forma de la ciudad para mejorar los fatales resultados que obtendríamos si dejáramos actuar libremente al mercado (eso es básicamente el urbanismo), lo primero que tenemos que asumir es que nuestro objetivo no puede ser diseñar grandes infraestructuras o espacios físicos complejos a largo plazo a partir de necesidades que hoy no podemos conocer, sino definir procedimientos, patrones y estructuras flexibles que nos permitan tomar decisiones adecuadas  a medida que vayamos conociendo las necesidades y circunstancias reales que condicionan cada decisión operativa.

La afirmación anterior es muy simple, pero a poco que profundicemos en los entresijos de nuestra cultura,  nuestra legislación y la historia de nuestro planeamiento, caeremos en la cuenta de que choca frontalmente con todos ellos. Desgraciadamente, redactar un POM aquí y ahora significa, en el mejor de los casos, diseñar una ciudad supuestamente ideal a 12, 15 o 20  años vista a partir de los datos que hoy conocemos, y dedicar la próxima generación a construir contra viento y marea lo que ahora proyectemos. Si fuéramos mal pensados, también podríamos decir que aprobar un POM implica definir los monopolios necesarios para fijar el valor del suelo durante la próxima generación cobrando hoy los réditos correspondientes, porque todos los monopolios se pagan de alguna manera aunque ahora su cotización esté por los suelos, pero eso es otra cuestión.

Naturalmente, existe otra manera de enfrentarse a estos problemas. Es más, si nos damos una vuelta por eso que llamamos mundo occidental nos daremos cuenta que los españoles somos una rareza intelectual en materia urbanística y,  ciertamente, no podemos estar orgullosos de los resultados conseguidos. Hace mucho tiempo que se abandonaron en Europa los planteamientos maximalistas de las inmensas burocracias estatales de la postguerra, y ahora los objetivos del urbanismo son más modestos y más eficaces. La buena noticia es que la legislación básica estatal española vigente es, en este momento, lo bastante neutra como para permitir que las distintas legislaciones urbanísticas autonómicas se aproximen a los modos de actuar de nuestros vecinos europeos. Hemos oído que la JCCM está preparando una nueva LOTAU, y el Ayuntamiento de Toledo un nuevo POM. Sería un buen momento para replantearse nuestra forma de entender el urbanismo.

Tomás Marín Rubio, arquitecto

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