Durante la Guerra Fría [Jesús Fuentes Lázaro]

@ Antonio Esteban Hernando

Hay libros capaces de crear su propia emoción. Nada parecido con aquel otro que antes te emocionó o con la que te producirá el que leerás en el futuro. En mi caso, la más cercana emoción  la he sentido con la novela Los secretos que guardamos”, de Lara Prescott, editada por Seix Barral. La novela se sitúa durante la Guerra Fría. En las tramas que la CIA pone en marcha para publicar en Occidente, como instrumento de descrédito del régimen comunista, la novela prohibida en Rusia, de Boris Pasternak, “El doctor Zhivago”.

Tres historias de amor convergen la novela. El amor de Lara y Yuri en la narración de Pasternak. El de Olga Vsévolodovna y Boris  Leonídovich Pasternak, “el poeta vivo más famoso de Rusia”. Y el amor  de dos mujeres  que acceden al primer trabajo de mecanógrafas en Washington, la capital de los  Estados Unidos en la América en crecimiento económico espectacular, tras la Segunda Guerra Mundial. De fondo se perciben los discursos y actuaciones del senador McCarthy que persigue por igual al comunismo y la homosexualidad. Conocemos las vidas ordinarias y las inquietudes, corrientes, o no tan corrientes, de un departamento de mecanógrafas, que se consideran peor tratadas que los hombres, primero en la OSS (Oficina de Servicios Estratégicos) y más tarde en su sucesora la CIA.

@ Antonio Esteban Hernando

Lara Prescott narra las intrigas de la CIA para hacerse con la novela de Pasternak,  pasarla a Occidente, traducirla y difundirla y, al mismo tiempo, introducirla en Rusia, para avergonzar al régimen comunista. Hubo una época, tal vez ingenua, en la que hasta  la CIA creía que la Cultura podía transformar a los pueblos.

A Stalin le había sucedido Jrushchov que no aflojó la persecución a los intelectuales y artistas que pudieran atentar  contra el régimen. La CIA maniobró para que le fuera concedido el premio Nobel a Boris Pasternak. Tras algunas resistencias, terminaría renunciando. Si no lo hacía, él, su familia, la amante tolerada, Olga y sus hijos, y cuantos le conocían corrían peligro. Nadie estaba libre de pasar por los despachos de la Lubianka o ser confinado, sin mucho papeleo, en un campo de trabajo aislado.

•  “Todo – pone Lara Prescott en palabras de Olga – giraba en torno al libro y nada era  más importante que este: ni la fama que las ediciones internacionales le habían proporcionado ni la amenaza inminente del Estado ni su familia ni la mía. Incluso le daba prioridad sobre su vida. Su libro era lo primero y siempre lo sería y me sentí como una boba por no haberme dado cuenta antes”.

Sus compañeros de letras de la Academia dijeron que “El doctor Zhivago” era un arma promovida por los enemigos del Estado, y el premio una recompensa de Occidente. El éxito de la operación de la CIA se redondearía con la participación  de Hollywood. Se rodaría la historia de amor de Yuri y Lara en los tiempos revueltos de la revolución rusa. Se eligió una música inspirada, Maurice Jarre, un director espectacular, David Lean, y unos protagonistas no menos atractivos, Omar Sharif y Julie Christie, desenvolviéndose en unos paisajes de ensueño (rodada gran parte en España) de la convulsa Rusia. La película se estrenaría en 1965 y se convertiría en una de las más vistas del cine.

Ilustración de Antonio Esteban Hernando

El primero que consiguió una copia de la novela de Pasternak fue el magnate comunista Giangiacomo Feltrinelli en 1956. Como un biógrafo de Pasternak había escrito hiperbólicamente “la revolución rusa sucedió para que Yuri Zhivago pudiera conocer a Lara, para que se obrara el milagro de su amor”. Nada novedoso en Occidente y nada ofensivo debiera haber sido en Rusia, como más tarde admitiría el propio Jrushchov. Pero corrían tiempos en la Unión Soviética de arbitrariedad, de conmoción, de lo inesperado, de la disolución de las estructuras de poder y la debilidad de los dirigentes atenazado por las purgas internas. Cualquiera podía ser considerado un desertor de la lucha de clases. Pasternak fue perseguido, espiado, acosado, pero se libró de la cárcel y hasta de la muerte, como algunos de sus amigos y compañeros. La amante, en cambio, fue detenida en tres ocasiones y retenida varios años en forma de castigo a Pasternak.

@ Antonio Esteban Hernando

En la incipiente historia de la CIA, las mujeres tuvieron un papel reducido al de mecanógrafas o secretarias. Alguien sostuvo que las máquinas de escribir se habían inventado para las manos de las mujeres. Esporádicamente, alguna se salía de ese trabajo, en el que era preciso saber guardar secretos, para desempeñar uno más importante. El espionaje y los juegos de guerra era una actividad de hombres  a la que, de vez en cuando tenía acceso alguna mujer.  El proceso de selección pasaba por tres fases. Primero reconocer el potencial del colaborador. La segunda  consistía en adiestramiento y prueba y si se superaba esta fase, se procedía al reclutamiento oficial. Y por último encomendar misiones para que se obtuviera información de interés, evitando cualquier peligro. Dos de esas mujeres privilegiadas serían  Sally Forrester — aunque más tarde sería espía soviética – e Irina Drozdova, norteamericana, hija de padres rusos.

Llegamos al final de este texto. Lara Prescott ha juntado en la novela tres  historias de amor entre la realidad y la ficción. Las tres tienen un final, dos  parecidos, el tercero sorprendente. Según cita de Lara Prescott, el de la novela de Pasternak es el siguiente:

•  “Un día, Larisa Fiodórovna salió de casa y no volvió. Debieron de detenerla por la calle. Se desvaneció sin dejar rastro y probablemente acabó muriendo en un lugar olvidado, un número más en una lista anónima que más tarde se extravió, en uno de los innumerables campos de concentración, femeninos o mixtos del norte”.

En cuanto a Olga, la amante de Pasternak, fallecido  de un ataque al corazón se cuenta:

•  “Pasaré los  próximos ocho años en este lugar. Los tres primeros junto a mi hija, una criatura inocente…..Estamos en marzo de 1961, el tercer mes de condena y todo lo que vemos desde aquí sigue siendo un manto blanco y el horizonte gris……hace unas horas hemos estado trabajando en el foso, cavando una nueva letrina”.

@ Antonio Esteban Hernando

Las mecanógrafas Sally e Irina habían desaparecido y ninguna de sus compañeras  supo nada de ellas. Un día, sin embargo, se publicaría la noticia de que una norteamericana, de ochenta y nueve años, había sido detenida en Londres por pasar información a los soviéticos durante  décadas. La detenida vivía en el Reino Unido desde hacía cincuenta años. Había regentado una librería en la planta baja de su casa y había convivido con una mujer, fallecida en el año 2000.

Ninguna de las mecanógrafas que se enteraron de la noticia tuvieron dudas – o al menos eso es lo que desearon –  de que  Sally  era la anciana detenida e Irina, la fallecida.  Y todo recogido en la novela de Lara Prescott, Los secretos que guardamos”.

                                              Jesús Fuentes Lázaro


Ilustraciones de Antonio Esteban Hernando 

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