Donde las horas no hieren [Jesús Fuentes Lázaro]

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Nieto del autor de Guerra y Paz, Sergio Tolstoi en el Cigarral de Menores. Leer más en Archivo Vasil

En la entretenida  novela “El bar de las grandes esperanzas” de JR. Moehringer un personaje hace la siguiente reflexión: “Cada libro es un milagro. Cada libro representa un momento en el que alguien se sentó en silencio (y ese silencio forma parte del milagro, no te engañes) e intentó contarnos a los demás una historia”. ¿Y si el libro se escribiera en la secuencia de veinte años? Los milagros serían tantos como los años, al menos. Y, como consecuencia,  es posible que la historia que se cuente salga redonda. Tanto tiempo de destilación tiene que dar necesariamente, sino una obra maestra, un producto acabado. Máxime si lo que se cuenta es  real. Aunque tratándose del Cigarral de Menores cuesta discernir entre realidad y fantasía. Es lo que sucede en el libro – es una mezcla de realidad y ensueño – que ha  escrito y presentado recientemente en Madrid y en Toledo Gregorio Marañón y Bertrán de Lis, titulado “Memorias del Cigarral, 1552 – 2015”.

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En el periodo que va desde el siglo  XVI y llega hasta el XXI, un Cigarral, el Cigarral de Menores, se ha llenado de Historia e historias. De historias, la de las personas que lo han habitado y visitado. De Historia, porque en ese lugar singular por la orografía, por la ubicación respecto a la ciudad, han ocurrido hechos que influyeron determinantemente en  los acontecimientos de la Historia cercana de España. ¿A caso no es importante que en ese lugar, García Lorca leyera el manuscrito de “Bodas de Sangre”? Seguramente que al leerlo en ese espacio mágico – él ponía todas las voces y  los variados acentos, representaba todos los personajes – descubrió  la oscuridad de algunas de sus expresiones que serían modificadas hasta quedar la prosa prístina con que se representó ante el público. ¿Acaso no fueron influyentes las meditaciones de Azaña en este lugar sobre la terrible encrucijada en la que se hundía la República y con ella la España del progreso?

Tal vez más atractivo – por reciente – resulte conocer  que en el Cigarral de Menores se empezaron a fraguar las incorporaciones  del ex-juez Garzón o Mariño, como candidatos del PSOE en la etapa última de Felipe González. En aquellos momentos agónicos para el PSOE la incorporación de estos jueces significó la continuación de un proyecto de modernización de España que estaba llegando a su fin.  Al margen de los resultados – sabemos que fueron traumáticos – que la operación arrojara, se iniciaba en España el proceso de “fichajes estrellas” para la política. Un fenómeno que ha evolucionado en el tiempo actual hacia esa especie de competencia mercadotecnica por ver quien llama más la atención con la incorporación de  personajes o personajillos de  brillo impostado.

Gregorio Marañón  ha escrito  un libro de Memorias, según figura en el título. Desde mi punto de vista es algo más. Se mezclan los recuerdos propios  con los del abuelo, los documentos históricos, las impresiones subjetivas, la proyección  interior o externa del abuelo del autor, quién fuera propietario del Cigarral a partir de 1921. Es a su vez la crónica de una época convulsa y brillante de la Historia de España. Sin obviar que también se incluye una biografía de un espacio que, con el paso del tiempo,  ha ido adquiriendo   identidad propia. Es así mismo un libro de Toledo y sobre Toledo en el que se narra  la   evolución del Cigarral (de los Cigarrales) a través del tiempo, hacia la configuración de un enclave morfológicamente complementario del cerro en el que se encuentra la ciudad. En el texto que ha escrito Marañón el cigarral es un sueño dorado. Como lo fue en el destierro para el abuelo una  sucesión de nostalgias. Es un lugar especial “donde las horas no hieren”, en expresión afortunada del autor.

Si buscamos más allá de las simples apariencias literarias  descubrimos los elementos esenciales que articulan el libro. Tres son, en mi opinión: la descripción  de un lugar idealizado; la  universalización de la hospitalidad como  valor cívico que supera la mera cortesía o amistad y la suspensión del tiempo que se produce en ese espacio  figurativo y abstracto. La  irrealidad y la abstracción conseguida son el resultado del esfuerzo  y de la voluntad por construir en un monte escarpado, enfrente de una ciudad arcaica, un paraíso asequible y humano.

Es  un tópico, empleado para devaluar la labor de críticos y estudiosos afirmar que quién analiza un libro descubre aspectos, matices  y situaciones que el autor ni tenía intención de expresar cuando escribía ni se lo había planteado. Afortunadamente es así. El milagro de los libros  consiste en el potencial de sugerencias que desencadena en el lector. Incluyo dentro del milagro  la capacidad del libro para  que cada lector elabore su propia interpretación y su propio relato o imagine escenarios y personajes en función de su inteligencia, su sensibilidad y su cultura. De hecho, los libros que decepcionan son los que ni sugieren, ni estimulan, ni permiten la actividad creativa del lector.  Los tres elemento enunciados – creación de un paisaje idealizado, hospitalidad y  tiempo detenido – se unen para crear una obra especial. El paisaje que se describe es un paisaje ensimismado. Y, además, idealizado, no ya por su propia naturaleza mejorada, sino porque contiene, entre otros muchos aspectos, sensaciones intimas del autor o de la familia;  impresiones de los visitantes; la humanización del lugar por los recuerdos de la infancia o de los buenos momentos vividos. Se suma una vegetación agreste y, en ciertos aspectos, despiadada, que obliga a transformarla y domesticarla a base de sacrificios. Conseguir en un Cigarral un vergel de flora y fauna Mediterránea es más una prueba para gente excepcional que para gente ordinaria.  Requiere tiempo, mucho tiempo, dedicación ilimitada, entusiasmo colectivo y grandes  recursos de todo tipo.

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Gregorio Marañón fotografiado en 1908 junto a una calavera.

En ese lugar mágico, la hospitalidad de los dueños – los de antes y los actuales – contribuyen a que el tiempo desaparezca. Quién se adentra en ese territorio experimenta una sensación indescriptible de atemporalidad. Nada parece fluir o moverse, pero nada es estático. En un espacio semejante, las preocupaciones  se estrechan; los problemas cotidianos se encogen. Se percibe en el ambiente  una especie de pulsión irreal que hace ver y sentir la vida y cuanto la rodea  desde una óptica fantástica.  A la descripción de ese lugar irreal, Marañón ha añadido los recuerdos de  su infancia  y la de su familia. Durante la lectura  es fácil escuchar los gritos infantiles de los hijos de unos y de otros. Las reflexiones  de los mayores, las alegrías serenas de los propietarios. Por algo el canónigo que lo inició lo concibió como espacio para la meditación y la abstracción. Y ese uso primero es el que se ha mantenido y ampliado.

Si el canónigo, Jerónimo de Miranda, ideó un lugar para la mística y la introspección, la familia Marañón ha conservado esa función, desde una dimensión laica. Divisando Toledo desde sus terrazas es fácil olvidarse del espacio y del tiempo. ¿Qué  queda, entonces? La hospitalidad de los anfitriones, una autentica vocación de la familia. Y la posibilidad de perderse entre sus paseos  para intentar encontrase con uno mismo.  No por casualidad, Chillida ideó para este lugar y plantó allí una silla  de cemento rotundo. O Cristina Iglesias enterró una fuente en bronce en la que el surgir del agua recuerda que  la vida, al margen del Cigarral, transcurre y el tiempo es huidizo. En fin, “Memorias del Cigarral” es el primer libro  que describe un espacio único toledano que empezó a formarse en el lejano Renacimiento. Y que ha tenido continuidad, a pesar de avatares intermedios, en el presente.

                                                           Jesús Fuentes Lázaro

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