Del monumento al memorial [Diego Peris Sánchez]

Detalle del Arco Aragonés en el Castel Nuovo, Nápoles.

La actividad constructiva del hombre ha tenido siempre una importante relación con la memoria, por la voluntad de que sea recordada como autor de obras singulares y, en otras ocasiones, con la intención de que aquello que se construye sea el recuerdo de una actividad notable de la comunidad. Hechos especiales, acontecimientos notables, episodios de relevancia de la historia común quieren recordarse con la presencia de arquitecturas que los perpetúen de alguna manera.

Aristóteles decía en su libro Sobre Memoria y reminiscencia: “La memoria no es ni sensación ni noción, sino una forma de ser, una pasión o afección de ellas, cuando ha pasado el tiempo. No hay memoria del ahora en el ahora, sino que de lo presente hay sensación, de lo porvenir hay esperanza, de lo pasado memoria. Por ello, toda memoria es tiempo y, en consecuencia, sólo, entre los animales, aquellos que sienten el tiempo, son los que tienen memoria y pueden recordar”.

• El monumento

La palabra monumento, derivada del latín monumentum que procede de monere (avisar, advertir, recordar) y hace referencia a esa voluntad de recordar que tiene lo construido. El monumento quiere suscitar una emoción colectiva como recuerdo de aquel acontecimiento a que hace referencia y ser la materialización de ese ejercicio común de memoria. Y a su vez “esa emoción colectiva ayuda a mantener la identidad de una comunidad étnica, religiosa, nacional o tribal, con referencias a su historia pasada, a los hechos que han tenido relevancia para la colectividad. El monumento da seguridad, nos relaciona con tiempos anteriores, vividos por la comunidad, con acontecimientos que consideramos parte de nuestra historia común y que valoramos colectivamente” dice Choay.

Arco de Septimio Severo. Roma.

La arquitectura y la escultura son muestras de un tiempo no solamente porque fueron construidos en un momento determinado, sino sobre todo porque son referentes de ese acontecer, de la forma de pensar de una sociedad, de los acontecimientos en torno a los que surgieron y de las funciones para las que fueron levantadas.

En ocasiones estas construcciones tienen una clara finalidad memorial, se levantan como recuerdo de un acontecimiento, normalmente positivo para la comunidad. Los arcos de triunfo conmemoran victorias del ejército que quieren recordarse como triunfo común y como reconocimiento al gobernante que ha dirigido la acción en esos momentos. Arcos dedicados a un general victorioso normalmente con un vano central y dos vanos menores laterales conformando una imagen equilibrada y armónica.

En el Renacimiento vuelven a construirse en diferentes lugares y así en 1443 se construyó el Arco Aragonés en el Castel Nuovo de Nápoles, construido por Alfonso V en 1443, Napoleón Bonaparte levantará el arco del triunfo en el extremo oeste de los Campos Elíseos y en siglos posteriores se levantan edificios similares en el Reino Unido, Alemania, Rumanía, Rusia o España entre otros países. Recientemente Rogelio López Cuenca reclamaba el monumento como denominación de la obra, frente a la genérica de arte público. Para ello reivindicaba no sólo el carácter memorial sino el histórico del monumento. Pero ya Alöis Riegl había escrito sobre La muerte del monumento.

Arco Aragonés en el Castel Nuovo de Nápoles.

La capacidad de memoria introduce también la posibilidad de manipulación y de querer hacer presente un recuerdo que cambie la realidad de lo ocurrido, su interpretación y valoración como ha ocurrido en diferentes dictaduras.

El monumento histórico

Cuando a la palabra monumento se añade el adjetivo de histórico, es porque su concepción ha cambiado. Ahora la realidad considerada monumento histórico lo es porque los especialistas, historiadores, anticuarios, expertos, han decidido que aquello tiene un valor singular por su significación en el conjunto de la historia del arte. El sentido original del monumento como construcción que recuerda hechos pasados va perdiéndose poco a poco y transformándose en una realidad que se admira no tanto por su capacidad de recordar sino por la grandeza de su construcción, por su belleza y por sus valores formales. Quatremère de Quincy dice que el término monumento aplicado a las obras de arquitectura “designa un edificio construido para eternizar el recuerdo de cosas memorables, sea concebido, edificado o dispuesto para llegar a ser un agente de embellecimiento y de magnificencia en las ciudades”. Y por ello bajo este segundo aspecto “la idea de monumento más relativa al efecto del edificio que a su objetivo y a su utilización, puede convenir y aplicarse a todos los tipos de edificios. Y así se ha visto, en determinadas épocas, a simples particulares hacer de sus casas monumentos públicos, que son todavía considerados como tales, por la grandeza y riqueza que tienen”.

El monumento pierde su carácter de recuerdo de acontecimientos pasados para considerarse un edificio bello, capaz de provocar la admiración por su equilibrio y por las condiciones técnicas de su construcción. León Batista Alberti teoriza sobre la belleza arquitectónica y aunque conserva la noción de monumento inicia la sustitución del ideal de memoria por el de belleza. Cuando Alöis Riegl escribe sobre La muerte del monumento lo hace pensando sobre todo en el monumento histórico y su conservación.

El memorial

Las guerras y destrucciones como consecuencia de estas, especialmente en las dos guerras mundiales, y las diferentes catástrofes naturales hacen que la comunidad quiera conmemorar esos acontecimientos. Recordar a las personas que han dado su vida en los mismos, crear lazos de unión entre todos los miembros de la sociedad y definir referentes de la memoria colectiva. Y así a lo largo de los siglos XIX y XX se levantan en numerosas localidades esculturas, edificios conmemorativos, construcciones que quieren ser memoria de los acontecimientos vividos.

Cuando Eduard Fuchs quiere levantar un monumento en recuerdo de Rosa de Luxemburgo acude al arquitecto Mies van der Rohe en 1926 con una idea clásica de columnas y frontones que para él eran la forma de recordar a Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, dos revolucionarios marxistas asesinados por las milicias reaccionarias de derecha tras el levantamiento espartaquista. Mies está muy lejos, ideológicamente, de los planteamientos de aquellos a los que se quiere homenajear, pero acepta el encargo modificando sustancialmente la idea de Fuchs. Y para ello propone la idea de un muro de ladrillo como imagen del lugar en el que fueron asesinados los dos dirigentes marxistas. Un gran muro con formas geométricas diversas que tiene la sencillez y la fuerza del recuerdo del acontecimiento. El monumento se terminó de construir en 1926 y fue posteriormente destruido por la extrema derecha en 1933.

Un muro en el que parecen resonar las palabras de Rosa de Luxemburgo en sus momentos finales: “¡El orden reina en Berlín!”: ¡Estúpidos secuaces! Vuestro “orden” está construido sobre la arena. Mañana la revolución se levantará vibrante y anunciará con su fanfarria, para terror vuestro: ¡Yo fui, yo soy y yo seré!

Mies van der Rohe. Monumento a Rosa de Luxemburgo.

Mumford en La muerte del monumento decía: La idea de un monumento moderno es una verdadera contradicción en los términos. Si es un monumento, no es moderno, y si es moderno, no puede ser un monumento.

Adolf Loos valoraba el monumento como auténtica expresión artística y decía: “Sólo hay una pequeña parte de la arquitectura que pertenezca al arte: el monumento funerario y el monumento conmemorativo. Todo lo demás, lo que sirve para un fin, debe quedar excluido del reino del arte”. Años antes que Mies, en 1922, Gropius había diseñado un monumento de homenaje a los asesinados en el pustch Kapp levantado en el cementerio principal de Weimar, demolido en 1933 y reconstruido en 1946. El diseño de Walter Gropius en 1920 fue seleccionado en una competición organizada por el Gewerkschaftskartell. Construido entre 1920 y 192 se inauguró el 1 de mayo de 1922 pero será destruido como “arte degenerado”,  por el gobierno nazi siendo reconstruido en 1946.

Peter Eisseman. Memorial de los judíos asesinados en Europa.

Peter Eisenman, arquitecto estadounidense de origen judío, en los años cincuenta colaboró con Walter Gropius. Cuando presentó su proyecto para el Memorial de los judíos asesinados en Europa, muchos críticos consideraban el proyecto demasiado abstracto sin aportar ninguna información sobre la realidad histórica. Muchos querían un memorial que recordase e hiciese visible la persecución nazi contra los judíos y las piedras abstractas que Eisenman proponía eran demasiado tóricas, sin conexión con la realidad del momento difícil y de las vivencias que habían supuesto para muchos judíos el Holocausto.

Vencer la muerte es, pues, vivir en la memoria. Por eso el horror que despierta en el guerrero el ultraje a su cadáver… La muerte es un dato de la experiencia que el héroe homérico descubre en su mundo. La única posibilidad de superarla es lograr que ese hecho individual se integre en el espacio colectivo de la fama, de la memoria de los hombres”, dice Emilio Lledó.

Museo judío de Berlín. Daniel Libeskind.

Cuando Libeskind proyecta el Museo Judío de Berlín define espacios inquietantes que quieren causar en el visitante la sensación de los judíos perseguidos y el sufrimiento de la población amenazada de muerte. No es sólo la abstracción geométrica sino también la búsqueda de sensaciones que quieren ser memoria de lo ocurrido.

La memoria y el tiempo

Memorias que muestran sentimientos de diferentes países con acontecimientos plurales. Memoriales en numerosos lugares del mundo que conservan el sentir de la comunidad ante acontecimientos que han dañado sus vidas y sus propiedades. El proyecto del monumento construido en recuerdo de los atentados del 4M en Madrid fue desarrollado por el estudio FAM integrado por: Esaú Acosta, Raquel Buj, Pedro Colón, Mauro Gil-Fournier y Miguel Jaenicke. Una nueva presencia de la abstracción como evocadora de acontecimientos trágicos.

Monumento homenaje a las víctimas del 11-M en Atocha.

Acontecimientos que unen y ponen en común valores de la humanidad en muy diferentes localizaciones y tiempos. “¿Qué tienen en común los restos de fusilados tras la Guerra Civil exhumados hace unos años en el cementerio de Guadalajara (España) con las fosas de guerrilleros anticomunistas de los años cuarenta en el camposanto militar de Powazki, en Varsovia, y con las de las víctimas civiles de la masacre de Srebrenica, en Bosnia, en los noventa?”

Monumento del genocidio de Srebrenica.

El Monumento del Genocidio de Srebrenica es un memorial y cementerio levantado como recuerdo de las víctimas del genocidio de Srebrenica de 1995, musulmanes bosnios y croatas católicos. La memoria que quiere mantener vivo el recuerdo, las acciones de otros momentos que han resultado significativos para la comunidad. Un camino que comenzó con el monumento como memoria de determinados acontecimientos, de personas notables que los realizaron, que se transforma a lo largo de los siglos convirtiéndose en monumento histórico por sus cualidades formales y que retorna como memorial, recuerdo de acontecimientos trágicos.

Diego Peris, doctor arquitecto.

El autor preside actualmente la Fundación Miguel Fisac

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