De las Memorias de Manuel Fuentes (y II) [Jesús Fuentes Lázaro]

Extractos y puesta a punto de la Memorias del escultor

Segunda parte

En un patio de vecindad la vida de los demás carece de secretos. Cuando no estábamos en el colegio, el resto lo pasábamos en el patio o en la calle, menos en invierno que lo hacíamos al brasero de carbón y picón, escuchando novelas o consultorios sentimentales en la radio. Y ahí estaba Miguel, trabajando en su casa y sacando, según la madre, un buen sueldo. Preparaba las piezas que servían para incrustar los hilos de oro del damasquinado que se vendían en las tiendas florecientes de aquellos años. Abundaba la gente en estos trabajos. Era una forma de completar sueldos, siempre cortos, y más para mantener familias que crecían. En mi caso, me siguió una hermana, Esperanza, y más tarde otro hermano, José Luis. Cambié el trabajo de monaguillo por el damasquinado. Me serviría para descubrir que tenía ciertas habilidades en las manos y una inclinación fácil hacia el dibujo. De manera espontánea, empecé a dibujar.

Veía por las calles a los pintores que entonces se repartían por Toledo para pintar sus paisajes del natural. Me acercaba con curiosidad y les enseñaba mis dibujos y cuadros, pintados desde el Valle. Conseguí que mis padres me regalarán un maletín de pinturas y un caballete. Con ellos, y acompañado de mi hermana más pequeña, buscábamos encuadres, imagino ahora, que insólitos. Eran otros tiempos: dos críos podían irse solos al Valle sin temor. Conocí a Morera Garrido y a Tomás Camero. De hecho aprendí con ellos el mundo complejo de las mezclas de colores y percibí a su lado el olor embriagador del aguarrás. Con Tomás, que tenía una carácter endemoniado, conseguí hacer buenas migas. En algunos puntos nos parecíamos. Impulsivo y con un sentido de la independencia que escondía celosamente, porque había que vivir con la gente y ya se sabe cómo era el personal en Toledo.

Fui componiendo pequeños cuadros, dibujos y bocetos que no cabían en ninguna parte. Supongo que se perdieron, aunque alguna obra de mi juventud debe quedar por ahí. Yo continúe “haciendo mano”, que decían los que sabían. A las vecinas les gustaba que pintara. Incluso algunas le contaban a mi madre el dinero que se ganaba con la pintura. Mis padres, imagino que no lo creían, pero seguro que soñaban con un hijo que les sacara de la pobreza. Tampoco  creía yo que aquello llegara muy lejos. Aún así…..

Eso sí, me sirvió para acercarme a la Escuela de Artes y Oficios. Era fácil acceder, cualquiera podía matricularse y no se necesitaba estudiar demasiado. Con un hermano estudiando cubríamos el cupo de la familia. Las circunstancias me empujaban a un trabajo estable, mis deseos hacia un mundo más aventurero. Pronto descubrí que, cuando se ha nacido en familias pobres, lo de ser aventurero resulta complicado.

Para conseguir estabilidad laboral se exigía un requisito previo: haber cumplido el servicio militar. Me fui voluntario a los 18 años y pude elegir destino. Pasé el tiempo en la Escuela de Educación Física, un lugar cómodo y cercano. Mientras, seguía pitando. Cada vez me gustaba más y notaba que progresaba. Debo admitir, sin embargo, que la pintura me dejaba una imprecisa sensación de inseguridad e insatisfacción. No me veía pintando.

En la Escuela de Artes practiqué forja y modelado. Y noté que no se me daba mal. Me marché un año a Francia. Allí se ganaba dinero y además creía que, por el solo hecho de estar en Francia, un artista podía convertirse en famoso. La experiencia resultó más vulgar de lo imaginado. Tras un año de trabajos nada artísticos para sobrevivir, decidí volver a Toledo.

Más tarde pasé un año en el estudio de Francisco Barón. Me acerqué a otro mundo, aunque faltaba por descubrir si yo podría tener lugar en ese mundo. Aprendí, cómo no, las técnicas para trabajar el bronce y el hierro, los ensamblajes de las piezas y, lo más importante, había que disponer de recursos variados para dedicarse al oficio. A mí, otras urgencias menos artísticas me apremiaban: ayudar a la familia hasta que me independizara.

De vuelta a Toledo tuve una idea clara: la pintura no era lo mío. Un impulso que nunca he sabido describir, me empujaba en otra dirección. Y a grandes saltos diré que se concretó cuando vi la película “2001, una odisea del espacio”. Allí se encontraba todo. La clave del universo. En aquel monolito que conectaba el mundo en el que vivíamos con el universo de las estrellas. La pieza, en una secuencia que me alucinaría, reunía el secreto de todas las existencias. O al menos de la mía. Más tarde descubriría a Chillida. La segunda revelación, sin embargo, vino del conocimiento de la obra de Chirino y Oteiza. En este último representaba lo que yo quería hacer sin saberlo. Quería ser como él.

El velo. Lo complicado es romper el velo. Puede sonar a tópico, pero en el arte como en otros órdenes de la vida se interpone un velo de niebla que nos oculta nuestras propias posibilidades. Unos lo rompen antes, otros, nunca y, quienes nos consideramos del montón, en un momento indeterminado. Quienes consiguen traspasarlo avistan nuevos horizontes. En mi caso, empecé a intuir las variadas formas del universo. Las combinaciones geométricas que se mueven entre las esferas a la espera de que alguien las dé forma. Solo faltaba elegir el material. Y Oteiza, una vez más, vino en mi ayuda. Existía el hierro que conocía por los ejercicios en la Escuela de Artes. Un material inexpresivo que sí se sabía trabajar podía trasmitir más mensajes de los que yo podría expresar.

Romper el velo que ocultaba mis posibilidades y seleccionar el material significaron el inicio de una etapa nueva en mi vida. La más gratificante. Directamente sobre el hierro intentaba plasmar las figuraciones que solo yo veía. En otras ocasiones construía bocetos, pequeños ensayos que dejaba perfilados para cuando tuviera tiempo. ¡Ah, el tiempo! Tiempo es lo que me ha faltado. Un tiempo con el que yo contaba, cuando me jubilé. Realizaría cuanto no había hecho en los años anteriores. No podía prever las trampas de ese mismo tiempo, sus maquinaciones traicioneras.

Me entusiasmaba coger aquellas planchas de hierro y darles sentido.   Aprendía que los materiales disponen de su propia personalidad. Tienen leyes que no se pueden violentar, porque si lo intentas no consigues nada. Se convierte en una lucha estéril entre la materia y tú. En cambio, si te adaptas a sus condiciones, la batalla desaparece y trabajar se convierte en un esfuerzo soñador.

Y de nuevo Oteiza. Me impactó su independencia, su autonomía, no necesitar de nadie. Que tu vida dependa de tu trabajo, de tus esfuerzos. No de ideologías ni de apoyos o recomendaciones. Es lo que yo buscaba.  

En el taller me sentía libre. Como si volara por encima de las necesidades diarias, de mis frustraciones, de mis desilusiones. Me esforzaba por dominar el hierro. El hierro, a su vez, me domaba y me servía de acicate para moldear mi  carácter. Mi ánimo subía o bajaba en función de cómo me iba en el taller. En ocasiones sentía como si me hubiera tomado un cóctel de líneas y huecos y luces; en otras, me hundía, me desesperaba. Me he visto como el creador de existencias nuevas, de obras diferentes. Cada día imaginaba combinaciones diversas, álgebra que muchas veces no entendía hasta que iniciaba el trabajo. No parar, no estancarse, perseguirla escultura nunca realizada, han constituido mis impulsos motivadores. Otra obra, distinta, maravillosa, me acechaba, siempre a la espera.

 Por la influencia de Kubrick, en mi obra abundan las piezas de un solo cuerpo. Un “monolito”, anclado en el presente, pero apuntando a las estrellas, que  pudiera representar el tótem de una tribu imaginaria para la que yo elaboraba piezas que la propia tribu no entendía. Mis obras son metáforas de universos ignorados, copias de morfologías que solo veo yo. Lo que me ha interesado son los conceptos, la idea de algo que no tiene porqué tener nombre.

A veces, no sé explicar lo que hago. Ignoro lo que construyo. Sí sé que una fuerza imprecisa me ha empujado desde la infancia en esta dirección. Pasado el tiempo es cuando encuentro alguna explicación tentativa a lo realizado.  Reproduzco el alfabeto de un lenguaje que nunca se termina de aprender. Puede parecer raro, pero es lo que siento y por eso lo escribo. No sé si soy un forjador o un herrero. No me importan los nombres ni de las obras ni como se me denomine. Me aburre la palabrería que se organiza en torno al arte contemporáneo. Me muevo por sensaciones naturales. Y por lo que he comprobado, mis obras convencen. No son artificiales. Son espontaneas. Por eso han sido premiadas. Los jurados valoraban la objetividad de la obra presentada, sin composturas ni retorica.

La gran mayoría de esos premios los he obtenido fuera del lugar donde he vivido. Cogía la obra preparada, la subía al coche o, cuando pude, a la furgoneta y la llevaba a la convocatoria. Después me marchaba y a esperar. Y así llegaron los premios, casi encadena. Nunca intenté mediatizar a nadie, nunca busque apoyos ajenos a la obra. Yo hacía mi trabajo. A los demás, correspondía valorarlos.

La honestidad con la que me he planteado la vida es lo que expresan las esculturas. No he querido engañarme. He pretendido ser honesto conmigo mismo y hablar con el esfuerzo de mi trabajo. Tal vez se deba a la influencia de la infancia en una familia humilde, en un barrio humilde, en un patio empedrado, donde las mujeres cosían, zurcían y trasmitían, sin pretenderlo,  valores de la vida. Aprendías que vives solo con tu dignidad y que lo demás son componendas que nunca he querido ni para mi obra ni para mi vida. El camino recorrido, aunque imprevisible, no ha estado mal. No sabría decir si he sido feliz. Tampoco, si es sido desgraciado. Es todo tan confuso……

Es hora de terminar. Sí falta algo por decir lo escucharán en mi obra.

Jesús Fuentes Lázaro


Fotografías de la exposición en el Centro Cultural San Marcos de Toledo. Septiembre 2019.

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  • Comienza diciendo Roy Batty: “He visto cosas que vosotros no creeríais…” Manuel y yo nacimos el mismo año en Toledo. Me emociona su memoria, reconozco los silencios y el avatar de aquellos años, de aquella infancia. Sé que el recuerdo de un hermano va más allá de su obra, pero su obra y sus escritos alejan la desesperanza del olvido con que el replicante Roy Batty se despide en la película Blade Runner, “Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrima en la lluvia”. Al menos ese efecto esperanzador han tenido en mí estas entradas.

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