Crucifiquemos a alguien: por ejemplo, un arquitecto [Jesús Fuentes Lázaro]

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Tres impulsos me sugieren el presente texto. Primero, qué este es un blog ideado, creado, concretado y mantenido por arquitectos. Segundo, qué en 2016 se celebrará en Venecia la Bienal de Arquitectura. Y tercero, qué se ha inaugurado en Rio de  Janeiro, volado sobre la bahía, un espectacular “”, del arquitecto Santiago Calatrava. Imaginen que son tres excusas, tan válidas como cualquier otras, para revisar, desde la distancia,  lo ocurrido en España con la Arquitectura y con algunos arquitectos.

La Arquitectura, como disciplina académica y salida profesional en los tiempos anteriores a la burbuja inmobiliaria, era la gran ballena blanca. Como en la novela de Melville,  todos querían atraparla. Un cisne negro, en versión más tecnocrática, aparecido en el universo académico de los jóvenes con altas notas que elegían una carrera  acorde a su preparación y con   expectativas  profesionales de  triunfo rápido. El viento esplendido, sin embargo, duró poco. Según un reciente estudio del INE, uno de cada cuatro titulados en arquitectura se ha marchado de España y los que quedan intentan abrirse paso como pueden. El mundo de la arquitectura anterior a esta crisis  estaba constituido por una constelación de estrellas que proclamaba el nacimiento de una nueva arquitectura. Retadora, revolucionaria. Entre las estrellas, una de las que brillaba con intensidad caleidoscópica, era Santiago Calatrava.

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No conozco al Sr. Calatrava. No sé si es buena o mala persona. Si es un corrupto o un profesional que vive de su trabajo. Tampoco sé si es poseedor de un ego disparado, ni sé sí lo que algunos llaman la desmesura en su obra lo inhabilita para la profesión. Si sé, en cambio, que  ha sido sistemáticamente demolido, a partir de una densa trama de corrupción política y empresarial aparecida en la Comunidad Valenciana. Había que crucificar a alguien ajeno a la política y él estaba en el lugar apropiado en el momento más inapropiado. Tal vez sus excesos, si es que los  cometió, se deban a que coincidieron en un mismo punto dos personalidades, dígase suavemente, peculiares. Calatrava, según cuentan quienes dicen conocerle, engreído y pagado de sí mismo; el Presidente Camps, un personaje con pretensiones mesiánicas y discursos sicalípticos. ¡Dios nos libre de la tiranía de los débiles! Y, sobrevolando la península entera, una especie de embriaguez colectiva, que impregnaba toda actividad constructora pública o privada. Santiago Calatrava iba a encarnar los males  de la construcción presuntamente triunfalista, del desmadre político  y  de la explosión de la  burbuja inmobiliaria. Por cierto, con este tipo de arquitecto soñaban en cualquier territorio hasta que la crisis volteó los sueños  hacia pesadillas.

En casi toda España, y desde todos los ángulos, se empezó a disparar contra los arquitectos en la misma proporción que antes se les adulaba. Los arquitectos – los estrellas, sobre todo – representaban los errores delirantes de la burbuja. Tampoco habría que descartar en esa  neurosis colectiva del descredito  el vicio, tan hispano, de la envidia hacia quién sobresale por encima de la media. Y los arquitectos, que tradicionalmente ha sido una profesión elitista, se convertían en objeto  de  crítica populista.

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Sí además había tenido algún conflicto en otro país (léase Venecia), derribar al ídolo adquiría las dimensiones  épicas de las Guerras de las Galaxias. Incorporen al escenario la Ciudad de las Artes en Valencia y dispondremos de los algoritmos necesarios para entender la realidad en su compleja debilidad. En ese ambiente de hostilidad hacia los grandes proyectos y los arquitectos del firmamento mediático surgieron discursos infantilmente poéticos. En el caso de Valencia, un humilde campo de naranjas, tan inmaculado que nos hacía añorar el mundo literario de Blasco Ibáñez, había sido hoyado por un personaje iconoclasta. Sobre este suelo arcádico un arquitecto, en su soberbia de semidios fallero, se había atrevido a plantar unos edificios que en Cataluña o País Vasco hubieran significado el triunfo de la modernidad y el progreso. Pero…. esto era Valencia.

Recuerden, en contraste, el  Guggenheim de Bilbao. Nadie habló de las malas resoluciones arquitectónicas, de los espacios inútiles ni del derroche presupuestario del erario público. Al contrario,  a todos pareció soberbio. Se configuró como un mito urbanístico y de recuperación de espacios degradados. No hubo político que no imaginara un edificio similar. Qué el citado museo resultara un éxito de prensa y público no se ha explicado con rotundidad  cuánto tuvo  que ver con el terrorismo que  asolaba la península o con sus intrínsecos valores arquitectónicos. O si habría que relacionarlo con el nacionalismo moderado del PNV al que interesaba reforzar. O, sí también pudo influir la ubicación geográfica. Qué Bilbao se sitúe en el Norte y Valencia en el Este, tal vez pueda ser una razón menor o éxotica, si quieren, pero razón al fin y al cabo, para comprender como funcionan algunas cosas por aquí.

De los excesos de la arquitectura o de la “arquitectura de los excesos” se han escrito libros, artículos periodísticos, referencias en espacios y lugares diversos, tesis doctorales, sobre todo en los EEUU, que escriben tesis de cualquier lugar y de cualquier tema. Uno de los libros de  éxito se titulaba “La arquitectura milagrosa”. Y acompañaba un subtitulo revelador: “Hazañas de los arquitectos-estrellas en la España del Guggenheim”, cuyo autor, qué casualidad, se llama Llátzer Moix. Según él, en la España santurrona y conservadora de los años de la democracia, la Arquitectura fue tenida como una expresión milagrosa. Una epifanía, para emplear una expresión de moda.

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Cualquier gestor público quería disponer de un edificio  que colocara al pueblo, la ciudad, la región o el país – ojo a la expresión – en el mapa. La arquitectura- escultura – formula que sería utilizada  con claro sentido despectivo – adquiría la proyección simbólica del progreso. Claro que tales reacciones suelen aparecer en el discurso público  cuando las cosas van bien. Y, sí se tuercen, no hay quién no se apunte al pelotón de fusilamiento. Santiago Calatrava se percibió como el personaje ideal. Podía ser odiado y admirado.  Era español, de Valencia, listo, con buena planta, prepotente y viajado. Sus arquitecturas orgánicas o minerales materializaron, a ojos de  críticos y detractores, la expresión de la megalomanía de la arquitectura, por consiguiente de los arquitectos, de los tiempos del despilfarro.

Llegamos al final. Alguien puede deducir que defiendo a Santiago Calatrava. No es mi pretensión. En cambio, estoy convencido de que, cuando los años hayan liquidado tanta esquizofrenia de supermercado en fase de rebajas, los edificios y la persona de Calatrava serán ponderados en su justo  valor. Formarán parte de las discusiones académicas. Nadie recordará lo que en su  momento se dijo. Es más, nadie, en realidad, habrá considerado nunca a Calatrava un soberbio, un narcisista, un corrupto, un mal arquitecto. El descredito pretérito se tornará en alabanzas patrióticas. Y su ciudad de las Artes  será, de nuevo, un icono a imitar.  Hasta tanto llegue ese tiempo, el péndulo se sitúa en el otro extremo. La arquitectura tras la crisis debe estar “más interesada en resolver problemas acuciantes como son los relacionados con la ecología, la movilidad, la participación, la inmigración, la integración”, en propuesta de Llátzer Moix. ¿Qué quieren que les diga? Y termino con otra cita  que cierra el libro, “urge, en definitiva, devolver la sensatez a la arquitectura, en especial  la que se levanta con inversión pública”. ¿Qué quieren que les diga?

                                                           Jesús Fuentes Lázaro

Fotografías: Mueso del Mañana; Río de Janeiro; Ciudad de las Artes y las Ciencias, Valencia; Ponte della Costituzione, Venecia; Palacio de Exposiciones y Congresos Ciudad de Oviedo 

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