Casas de la modernidad española. La casa Huarte [José María Martínez Arias]

LA CASA HUARTE, J.A. CORRALES / R.V. MOLEZÚN (1966)

El acercamiento a la casa Huarte supone una inagotable fuente de referencias históricas y geográficas de muy distinta índole; lejos de poder ser catalogada dentro del Racionalismo orgánico de los años sesenta, el proyecto constituye una auténtica revolución artística que sobrepasa a la propia modernidad. Los diferentes argumentos que de ella se pueden extraer, mantienen un peso suficiente capaz de poner en tela de juicio el debate entre la evolución continuada de la arquitectura vernácula con la contemporaneidad y las técnicas modernas. En este proyecto se llevan a cabo contadas actuaciones, engranando con gran precisión los diferentes matices que la componen. Esta relación de operaciones produce un ente único, cuya sensibilidad con el entorno y el habitante la han convertido en un incuestionable mito de la arquitectura residencial.

Los proyectos firmados por Corrales y Molezún, mantienen una esencia común como resultado de la sabia interpretación de conceptos derivados de la arquitectura internacional en la modernidad, junto con la visión  propiamente enraizada de la arquitectura española de siempre. Es en el proyecto de la casa Huarte en Puerta de Hierro, donde la dualidad entre modernidad y tradición mediterránea generan un nuevo tipo, cuya ambigua lectura resulta tan atemporal como universal.

Portada de “Nueva Forma”, nº 20 de 1967. Casa Huarte

Nos encontramos ante un particular ejemplo moderno derivado de un pasado mecenazgo, un entorno sociocultural donde los medios técnicos y económicos se ponen al servicio de los creadores para generar una obra de arte total. La casa surge de una necesidad por parte de la familia Huarte de disponer una residencia de carácter plenamente familiar, desvinculada por lo tanto de la sede empresarial y representativa a la que ya daba cobertura el inmueble del  Paseo de la Habana. En este caso, se plantea una casa  para ser vivida de manera individual, una vivienda capaz de responder a un deseo de introversión contextualizada con la arquitectura de siempre.

La necesidad de aislamiento resulta casi obligada, puesto que el solar en esquina de esta zona suburbana al norte de Madrid, se encuentra rodeado de edificaciones existentes y la vía rodada genera un constante tráfico con el consiguiente nivel de ruido. Se plantea por tanto la idea de encerrar la casa sobre sí misma y recrear en ella un espacio natural que actúe como filtro entre el recinto y la calle. La contundencia de la operación se resuelve en dos pasos consecutivos y complementarios.

Primeramente, generar una topografía interior al solar, cuyo paulatino cambio de nivel, protege la vida interior de la contaminación acústica y visual del exterior. En segundo lugar, la necesidad de relación de la vivienda con el entorno, así como del sol y el aire, se resuelve mediante la articulación de tres patios, que dan cabida a las plataformas ajardinadas que separan la vida doméstica de la calle, una recreación del espacio natural alejado de la ciudad.

Históricamente, la obra arquitectónica ha estado sometida a las características propias del terreno en el que debía situarse, bien por la adaptación a una topografía natural encontrada o por la impetuosa necesidad de adecuar un terreno que debía ser modificado en favor de una regularidad necesaria a la previa construcción. Corrales y Molezún, hacen de la topografía encontrada la razón de ser de su obra. Ejemplos como la residencia infantil en Miraflores de la Sierra o el Pabellón de España en Bruselas, ya manifestaban esa intención de sometimiento entre la topografía encontrada y el proyecto resultante. El aspecto transgresor aparece en la casa Huarte, donde la topografía inicial del solar no resulta un componente determinante que defina el proyecto, por lo que la manipulación del suelo va a venir determinada por una intención propia.


Continuidad del escalonamiento hacia el límite del jardín.

Precisamente por la flexibilidad en la articulación de la sección desde el arranque de la casa, su percepción exterior se mostrará dura e infranqueable, casi como una pequeña ciudadela. Contrariamente al rotundo carácter del exterior, la casa ofrecerá una cualidad completamente opuesta en su percepción interna, la planta en forma de peine va a configurar tres patios, tres escenarios abiertos que  aportan el valor del espacio doméstico en las estancias abiertas mediante la relación con los espacios interiores. La configuración interior de la vivienda, genera un diálogo constante con las visuales de los patios, ampliando las vistas hasta la frontera de un entorno natural sabiamente elaborado mediante la  articulación topográfica y paisajística.

Observando la planta, es posible percatarse de cómo estos tres patios, responden a la rotura de un único espacio exterior mediante dos piezas primarias que lo dividen transversalmente. Dicha subdivisión, responderá a una jerarquía en cuanto al carácter de las estancias y a un simbolismo en el recorrido que rescata el valor programático de la domus romana, la cual ya distinguía el carácter de un primer patio de carácter público, y los sucesivos que responderían a unos valores espaciales plenamente incorporados al carácter privativo de la vivienda. El patio como elemento y estancia principal, se emplea en la casa Huarte a modo de herramienta de unión entre las diferentes zonas que integran el programa doméstico. 

Por tanto, la fragmentación supone otra de las herramientas que emplean aquí los arquitectos con el fin de articular los recorridos e integrarlos con el espacio abierto. Los volúmenes se manifiestan a modo de agrupación de  cuerpos diferenciados unos de otros, en tanto que resulta compleja la labor de identificar la conexión programática que existe entre ellos desde el exterior. En oposición al concepto de piezas fragmentadas, las secciones nos revelan la continua fluidez espacial que se produce en el interior, donde los espacios se engarzan mediante leves cambios de nivel. El programa interior de la casa se desdobla en dos a la manera ortodoxa: zona servidora y zona servida, esta distinción se agrupa en dos cuerpos paralelamente enfrentados.

En este sentido las tipologías arquitectónicas que dan razón de ser a cada uno de ellos son completamente opuestas. La zona servidora, queda subordinada al escalonamiento del jardín, (casa-cueva). El volumen de servicio se sitúa bajo las cubiertas vegetales que da sentido al proyecto, mientras que las zonas servidas, se enfrentan verticalmente a este cuerpo tallado (Casa-patio), siendo las dos crujías que dividen el patio en tres, los elementos de unión entre el cuerpo excavado y la pieza extruida.

Sección transversal por el patio.

La entrada a la parcela permite el acceso del coche desde un patio medianero con el solar vecino, a modo de calle privada. Generalmente, la fachada principal de un edificio, cualquiera que sea su condición, es aquella que dispone su acceso principal. En el caso de la vivienda en Puerta de Hierro, esta fachada resulta escasamente visible al exterior. Una visión en escorzo sobre la valla de acceso es la única relación de la fachada principal con la calle.

Fachada de acceso a la calle privada.

El vestíbulo interior responde a la idea inicial de jerarquía espacial; en él aparece un escalonamiento que lo divide en dos, una zona de recepción del recién llegado, el cual comienza a identificar los elementos propios del espacio doméstico mediante la tactilidad de los materiales y la proporción variable de los niveles. Reminiscencias de la arquitectura tradicional japonesa están presentes desde el vestíbulo de acceso al interior. La fluidez del espacio confiere una negación de la compartimentación presente en el exterior, donde los cambios de nivel acotan las diferentes áreas del programa, que no obstante mantienen un límite difuso entre ellas. La disposición orgánica y aparentemente arbitraria de los cuerpos, presenta una absoluta cohesión entre ellos. Las conexiones verticales se resuelven mediante escaleras de caracol, elementos de comunicación que aparecen en el mismo orden que el mobiliario fijo o las carpinterías y paneles móviles. 

Vista del vestíbulo de acceso

Una operación similar al tratamiento de los patios vuelve a intervenir en el interior: la subdivisión de una entidad continua en fragmentos definidos por la modulación de elementos livianos. En este sentido se podría hacer referencia al concepto de arquitectura dentro de arquitectura que bien pudiera ejemplificar la pintura “San Jerónimo en su estudio” de Antonello da Messina (1.474). La topografía interior de la casa adquiere la consideración de un segundo orden arquitectónico, razonablemente más cercano a las necesidades domésticas del usuario y a la propia ergonomía.

 

En el estar se produce una abrupta fragmentación enfilade de las zonas de relación, las cuales guardan un estrecho vínculo con el jardín al que se abren, alcanzando paulatinamente un mayor grado de intimidad en el paso de un patio a otro. El raumplan loosiano también estará presente en la articulación habitacional propiciando una conexión jerárquica entre los espacios. Una de las estancias más íntimas de la vivienda la compone el lugar de reposo junto a la chimenea, se trata de una serie de piezas de asiento sumamente recogidas, diferenciada del resto de la sala de estar.

El comedor principal, al tratarse de una zona de transición con las áreas servidoras, se sitúa en un punto central de la vivienda. El volumen enlaza la zona principal de la vivienda con las áreas de servidumbre, cuya conexión diagonal le confiere a la cubierta uno de los rasgos más característicos del proyecto. La ambigüedad perceptiva vuelve a manifestarse en el plano inclinado de la cubierta del comedor, resultando compleja la identificación como tal de un tejado que comienza a descender diagonalmente al plano del suelo ajardinado hasta casi transformarse en fachada.

La relación del interior con la naturaleza es constante, esta vinculación interior-exterior nos rememora continuamente a la arquitectura de Barragán, donde el carácter propio de las estancias queda netamente definido por el grado de apertura con el espacio exterior. Si bien las áreas de carácter público mantienen una total permeabilidad con el exterior, eliminando por completo la membrana que las divide, en los espacios más íntimos como los cuartos de baño, esa relación se reduce a una serie de aberturas que permiten la contemplación del cielo mediante horadaciones  mucho más controladas. El gran ventanal de la biblioteca se abre al norte capturando la luz mediante un sistema de obturación propiciado por la inclinación de la cubierta con la intención de canalizar la luz hacia cada rincón de esta gran sala.

Biblioteca sobre el cuerpo del comedor.

Paralelamente a la riqueza espacial de los interiores de la zona de relación, las zonas servidoras mantienen un exacto rigor geométrico en cuanto a la configuración en planta, dotadas de un carácter plenamente funcional. Su espacialidad interior se somete al trazado de las terrazas escalonadas que limitan el jardín con la calle. La presencia exterior de esta pieza niega su carácter arquitectónico, el cual se transforma aquí mediante la manipulación una arquitectura entendida como paisaje.

La reducida paleta material vincula al proyecto con la tradición popular, a la vez que le confiere un necesario grado de homogeneidad frente a la complejidad interior. El  ladrillo de Segovia, las carpinterías de cedro y el pavimento de gres, adquieren en la casa una doble voluntad; Por una parte, este lenguaje tan cercano a la tactilidad nórdica de Aalto, Utzon o Sverre Fehn, no deja de rememorar por otro lado, una contextualización directa con la arquitectura hispano musulmana donde la cerámica sigue perpetuando esa condición de la edificación tradicional. 

Continuidad espacial entre patios.

Los patios ajardinados reelaboran aquellos elementos propios del jardín nazarí de una forma plenamente contemporánea, valiéndose únicamente de la capacidad para apelar a los sentidos mediante texturas, colores y sonidos. Desde el interior se hace posible la percepción del agua: el sonido y movimiento de las fuentes o el  cromatismo profundo de la piscina. Los colores cambiantes de la vegetación que tapiza las fachadas y tapias del jardín, donde se pasa de un verde intenso a una compleja gama de ocres, tierras y rojos. 

Las piezas escultóricas de Jorge Oteiza completaban el programa exterior del jardín. Ante aquella exaltación contemporánea de la obra total prevalece la casa, cuyo componente escultórico confronta un salto de escala y material que se corresponde análogamente con la obra de Oteiza en su búsqueda del espacio inconmensurable.

Obra de Oteiza junto a la piscina.

                                                          José María Martínez Arias, estudiante de arquitectura de la eaT.

 

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